lunes, 28 de febrero de 2011

Soneto LI: cuando vuelva hacia ti correré

El viaje de Shakespeare que le aleja del joven continúa, pero no critica a su caballo por ir demasiado lento dado que cada milla le separa de su amor. Será en cambio criticable la lentitud de su montura a la vuelta pues le retrasará el reencuentro. Resultan un poco confusos los versos del 9 al 14.

                           Soneto LI
Por eso mi amor puede perdonar la ofensa de lentitud
de mi apagado porteador, cuando de ti me alejo:
¿por qué me debería alejar con premura de donde tú estás?
Hasta mi retorno, las postas no son necesarias.
¡Oh! ¿Qué excusa alegará mi pobre bestia entonces
cuando la rapidez extrema parezca lenta?
Entonces deberé espolear, aun cabalgando sobre el viento,
pues aún con alas corriendo me parecerá estar parado
y ningún caballo podrá de mi deseo seguir el paso.
De esta manera el deseo (construido del amor perfecto)
relinchará (al no ser de triste carne) en su fiera carrera;
pero el amor, por amor a mi penco podrá perdonar;
pues al alejarme de ti fue deliberadamente lento,
cuando vuelva hacia ti correré y le dejaré hacer.

jueves, 24 de febrero de 2011

Soneto L: apesadumbrado viajo por el camino

El poeta se encuentra de viaje y sufre por alejarse de su amado. Intenta espolear su caballo pero éste parece que comparte su pena por la separación y no avanza con la suficiente presteza. Si nos ceñimos a lo literal y no a lo poeticamente figurado, podríamos concluir que Shakespeare viajaba en su propio caballo, que podría recorrer una media de 20 o 30 millas al día, en vez de en los más rápidos caballos de postas, que se alquilaban en las posadas del camino. Pero son sólo suposiciones.

No se puede saber a qué viaje en concreto alude, pero es posible que fuese una de sus visitas a Stratford, donde vivían su mujer y su descendencia, y donde acudía un par de veces al año, dado que habitaba en Londres de continuo. Por cierto, iba poco, pero cada vez que iba dejaba embarazada a Anne. Un día me animaré a publicar la correlación visitas/embarazos.

                        Soneto L
¡Cuán apesadumbrado viajo por el camino,
cuando lo que persigo, el final de mi cansado periplo,
en vez de tranquilidad y reposo me transmite,
“estás tantas millas más lejos de tu amigo”!
La bestia que me lleva, agotada por mi pena,
avanza trabajosamente, cargando con ese sobrepeso en mí,
como si por algún instinto ese desgraciado supiera
que su jinete no desea ninguna velocidad que le aleje de ti.
Azuzarle no consigue la sangrienta espuela,
aquella que de cuando en cuando la rabia hinca en su costado,
y a la que con tristeza él responde con un gemido,
a mis oídos más agudo que el espoleo de sus carnes:
porque ese mismo gemido en mi mente esto introduce,
mi pesar se encuentra más adelante, y mi felicidad atrás.  


miércoles, 23 de febrero de 2011

Soneto XLIX: cuando el amor haya arrojado el saldo definitivo

El número 49 tenía especial significado en la Inglaterra isabelina. Es el producto de siete y siete, el número mágico por excelencia. Es por ello, que algunos estudiosos destacan este soneto como uno de los trascendentes del ciclo, junto con el 63, el número climatérico que marcaba el límite medio de la vida humana en el siglo XVI. Curiosamente, y según los numerólogos no por casualidad, ambos sonetos, el 49 y el 63, comienzan con la misma palabra, Against.

En el soneto 49, Shakespeare mirá hacia adelante y predice el fin del amor del joven por él, cuando ya no le haga caso ni le vea ningún atractivo (a fin de cuentas, la belleza, el genio y la val, y le justifica, le perdona su deserción y abandono por adelantado. La verdad es que resulta triste y patético.

                Soneto XLIX
Para ese momento, si ese momento llega,
cuando te vea mis defectos desaprobar,
cuando tu amor haya arrojado el saldo definitivo,
convocada dicha auditoría por consejo de los respetables;
para ese momento, cuando te cruces como un extraño,
y apenas me saludes con ese sol de tus ojos;
cuando el amor, transformado de aquello que fue,
motivos encuentre para mostrarse altivo;
para cuando llegue ese momento ahora yo levanto parapetos
sobre la conciencia de mis propias carencias,
y ésta mi mano, contra mi persona levanto,
para defender las justas razones que te son debidas:
para dejarme, pobre de mí, tienes toda la fuerza de las leyes,
dado que alegar por qué causa habrías de amarme no puedo.

martes, 22 de febrero de 2011

Soneto XLVIII: quedas expuesto como presa

Shakespeare se lamenta de la vulnerabilidad que le confiere el estar alejado de su amado. Es un poema desconsolado en el que expresa su temor de que en su ausencia cualquier "vulgar ladrón" se lleve el corazón del joven.

                  Soneto XLVIII
¡Cuán cuidadoso fui, cuando emprendí mi camino,
cada posesión guardada bajo los más seguros barrotes;
destinadas a mi uso, para no ser utilizadas
por las manos de la falsedad, tenidas en lugar seguro!
Pero tú, frente a quien mis joyas son menudencias,
mi más preciado bienestar, ahora mi mayor desconsuelo,
tú, el más querido, y mi única preocupación,
quedas expuesto como presa a cualquier vulgar ladrón.
A ti no te he encerrado en ningún arcón,
excepto cuando no estás, en que yo te siento presente
dentro del suave abrazo de mi corazón,
desde donde puedes ir y venir a placer;
y aun allí me serás robado, me temo,
porque la verdad tórnase ladrona ante tan deseado premio.     

lunes, 21 de febrero de 2011

Soneto XLVII: final de la contienda entre ojo y corazón

En este soneto el corazón y el ojo del poeta sellán la paz de la guerra que iniciaron en el poema 46. Un acuerdo simbólico entre los órganos que hace que Shakespeare lleve con más ánimo la ausencia de su joven amante.

                  Soneto XLVII
Mi ojo y mi corazón a un acuerdo han llegado,
y ahora cada uno de ellos hace favores al otro.
Cuando el ojo mío desespera por una mirada,
o el enamorado corazón se ahoga entre suspiros,
con la imagen de mi amado se recrea mi ojo,
y a tan suntuoso banquete invita a mi corazón;
otras veces mi ojo es el invitado de mi corazón,
y comparte sus pensamientos de amor:
así que, bien por tu imagen o por mi amor,
aun ausente siempre te encuentras junto a mí;
pues nunca estás más allá del alcance de mis pensamientos,
y yo siempre estoy con ellos, y ellos siempre contigo;
y, si están dormidos, tu imagen en mi vista
despierta a mi corazón para solaz del corazón y del ojo.  

viernes, 18 de febrero de 2011

Soneto XLVI: ojo y corazón en mortal contienda

Los sonetos 46 y 47 tratan la guerra declarada entre el ojo y el corazón del poeta por la posesión del amado. Tras la guerra abierta del 46, parece que alcanzan un pacto en el 47.

                       Soneto XLVI
Mi ojo y mi corazón se enfrentan en mortal contienda,
acerca de cómo repartir el botín de tu visión;
mi ojo a mi corazón la visión de tu figura prohibiría,
mi corazón a mi ojo impediría el ejercicio de tal derecho.
Mi corazón alega que debes residir en él,
(un armario nunca atravesado por cristalinos ojos),
pero la defensa desestima dicha alegación,
y se jacta de albergar tu bella apariencia.
Para  decidir esta causa es convocado
un jurado de pensamientos, todos arrendatarios del corazón;
y a través de su veredicto queda determinada
la porción del claro ojo, y la parte del querido corazón:
se resuelve así: lo adeudado a mi ojo es tu apariencia,
y el derecho de mi corazón es tu interno amor de corazón.



jueves, 17 de febrero de 2011

Soneto XLV: dos de los cuatro elementos

En la época de la física preatómica, cuatro eran los elementos, derivados de los escritos de Aristóteles, que se creía formaban el univeso: tierra, agua, aire y fuego. Shakespeare en este poema juega con dos de ellos, el aire y el fuego, para ilustrar las relaciones a distancia con su amado.Toda la materia estaba compuesta de estos cuatro elementos, según las creencias de la época isabelina, y si te privaban del aire y del fuego, el pensamiento y le deseo, el cuerpo cae en la melancolía y la decandecia. El poeta se comunica con su amado en la distancia a través del aire y el fuego a modo de mensajeros; cuando regresan con noticias del joven, él se anima, y cuando les manda de vuelta, se hunde en la melancolía. Precioso.

                        Soneto XLV
Los otros dos, el ligero aire y el fuego purgador,
están también contigo, allá donde yo me encuentre;
el primero mi pensamiento, el otro mi deseo,
éstos, presentes-ausentes se deslizan con presteza:
porque cuando estos rápidos elementos se han ido
en tierna embajada de amor hasta ti,
mi vida, estando constituida por cuatro, con sólo dos
se hunde hacia la muerte, oprimida por la melancolía;
así estaré hasta que la composición de la vida sea sanada
por esos dos veloces mensajeros de vuelta de ti,
quienes en este momento han retornado, seguros
de tu buena salud, y así me lo han relatado:
dicho esto, me alegro; pero entonces, ya no tan contento,
les mando otra vez de vuelta, e inmediatamente entristezco.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Soneto XLIV: me mata la idea de que no soy pensamiento

Otro soneto de separación. Shakespeare lamenta la distancia que les separa como amantes y se queja de ser materia que le impide viajar hasta su joven, como si fuese una idea.

                     Soneto XLIV
Si la grosera sustancia de mi carne fuese pensamiento,
la injuriosa distancia no obstaculizaría mi camino;
porque entonces, a pesar de la distancia, sería transportado,
desde las más remotas fronteras, hasta donde tú estás.
No importaría, entonces, el que mi pie pisase
la más distante tierra encontrándose alejado de ti;
pues el ágil pensamiento puede saltar tanto el mar como la tierra,
en cuanto concibe su lugar deseado de destino.
Pero, ¡ay!, me mata la idea de que no soy pensamiento,
para poder cubrir cantidades de millas cuando tú te has ido,
pero al contrario, al estar tan compuesto de tierra y agua,
debo atender con mis quejas los caprichos del tiempo;
no recibo nada de unos elementos tan lentos  
excepto pesadas lágrimas, insignias del dolor de ambos.

martes, 15 de febrero de 2011

Soneto XLIII: los días parecen noches hasta que pueda verte

El XLIII inicia una serie de sonetos de ausencia, de alejamiento del amado, que abarca hasta el LII, excluyendo el XLIX. En ellos el poeta recrea al joven en la distancia, no sabemos si producida por las infidelidades expuestas en la serie de sonetos precedente.

Es éste un soneto fuertemente anclado en la antítesis: noche y día, ver y no ver, sombra y forma, muerte y vida... Son temas muy vinculados al Mito de la Caverna que expone Platón en "La República", que tiene su fundamento en la dicotomía entre un mundo real ideal que no perciben los sentidos y el falso mundo de sombras temblorosas que asociamos erroneamente con la realidad.

                   Soneto XLIII
Cuanto más los entorno, mejor ven mis ojos,
porque durante el día contemplan cosas banales;
pero cuando duermo, en sueños te miran a ti,
y brillando en la oscuridad, se proyectan en la oscuridad.
Entonces en tu caso, cuya sombra ilumina las sombras,
¿cómo puede la esencia de la que emana tu sombra
concebirse en el día radiante, con tu todavía más radiante luz,
cuando incluso ante ojos invidentes tu sombra resplandece tanto?
¿Cómo pueden, digo, ser bendecidos mis ojos
con poder contemplarte en pleno día,
cuando en la noche cerrada tu bello reflejo imperfecto
permanece en unos ojos sin mirada, a través del sueño profundo? 
Todos los días parecen noches hasta que pueda verte,
y las noches días radiantes, cuando los sueños te me muestran.


lunes, 14 de febrero de 2011

Soneto XLII: amantes culpables, yo os perdono

Último soneto de la trilogía sobre el robo de la amante del poeta por el joven. Shakespeare, como era tradición en la literatura de la época, intenta justificar al joven, basándose en su imagen ideal de pureza e inaccesibilidad. Lo cierto es que el joven se ha beneficiado a su amante y el intenta justificar como puede la conducta de ambos. El soneto conlleva una especie de silogismo enrevesado y al final no sabemos cuál es su conclusión (¿le mantiene a él, a ella, a los dos?). Más bien parece que se aguanta y lo disimula.

                        Soneto XLII
El que tú la poseyeras no es lo que más me apena,
a pesar de que se puede decir que la amaba profundamente;
que ella te tuviera es mi principal dolor,
la pérdida de un amor que me afecta más de cerca.
Amantes culpables, a pesar de todo yo os perdono:
tú la quieres porque sabes que yo la quiero;
y por amor a mí ella de esa manera me maltrata,
aceptando a mi amigo para que él la apruebe para mí.
Si te pierdo a ti, mi pérdida es ganancia en amor,
y al perderla a ella, mi amigo sufrirá esa pérdida;
ambos se encuentran mutuamente, y yo les pierdo a los dos,
y ambos por amor a mí depositan esta cruz sobre mí persona:
pero he aquí la alegría; mi amigo y yo somos uno;
¡Dulce adulación! Entonces ella me quiere sólo a mí.