martes, 21 de diciembre de 2010

Soneto XI: el regalo de la Naturaleza

Seguimos con el mismo tema de la necesidad de procreación del joven para que su belleza sobreviva. La naturaleza le ha otorgado un don, un regalo, la belleza física, con la intención de que la reproduzca para que ésta sobreviva.

                                           Soneto XI

Tan rápido como te marchitarás, así de rápido creces
en tu descendencia, aquella de la que te alejas con la edad;
y esa fresca sangre que de joven entregaste,
puedes considerarla tuya cuando abandones la juventud.
Ahí mora la sabiduría, la belleza, y la abundancia;
fuera de ello, la ignorancia, el envejecimiento y el frío declive: 
si todos pensasen así, el tiempo se pararía,
y en una generación se acabaría el mundo.
Dejad que a los que la Naturaleza no ha creado para procrear,
crueles, amorfos y rudos, perezcan estérilmente:
mira, a los que más repartió, os dio aún más;
y su generoso presente debes apreciarlo en su valía.
Te talló como su propio sello, y su intención fue
que imprimieses otros más, no dejar morir la copia.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Soneto X: primera declaración velada de amor

Hasta ahora los sonetos precedentes parecían sanos consejos de una persona madura a un joven en torno al matrimonio y la descendencia. A partir del X, Shakespeare hace manifiesto su amor por el joven ("for love of me") y la postura del narrador queda abiertamente comprometida en los avatares de su joven amigo. No existe una declaración explícita de amor pero se aportan pistas de que existe "algo", un afecto mutuo que puede condicionar al joven a hacer lo que le pide el poeta. Y a partir de aquí el tono de pasión sube...

                                    Soneto X
¡Avergüénzate! Niega que amas a alguien,
tú que te comportas con imprevisión,
reconozcamos, si quieres, que eres amado por muchos,
pero que tú no amas a nadie resulta más que evidente;
porque sufres tal posesión de un odio asesino,
que no dudas en conspirar contra ti,
persiguiendo la ruina de tan hermosa techumbre,
cuando repararla debería ser tu principal deseo.
¡Oh, cambia tu postura, para que yo pueda cambiar de opinión!
¿Debe recibir el odio más bello albergue que el tierno amor?
Se, de acuerdo con tu imagen, elegante y amable,
o hacia ti, por lo menos, muestra generosidad:
haz otro ser de ti, por amor hacia mí,  
de forma que la belleza sobreviva en él o en ti.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Soneto IX: la lágrima de una viuda

En este caso la comparación la realiza Shakespeare con una viuda: si el joven no quiere tener familia por no causar dolor a su viuda, en caso de fallecer, al no dejar descendencia convierte al mundo en su viuda, a la que priva de sí mismo, de su belleza, al no dejar descendencia. Más de lo mismo.


                                       Soneto IX
 ¿Es por miedo a humedecer el ojo de una viuda,
por lo que te consumes en la vida soltera?
¡Ah! Si tu destino es morir sin descendencia,
el mundo te llorará, como una esposa abandonada;
el mundo será tu viuda, y continuará llorando,
porque ninguna forma de ti has dejado atrás,
mientras que toda viuda ordinaria puede conservar,
en los ojos de sus retoños, la imagen de su marido.
Todo lo que un despilfarrador puede gastar en el mundo,
sólo cambia de lugar, porque el mundo sigue disfrutándolo;
pero el derroche de belleza tiene un límite en el mundo,
y, no siendo utilizada, el portador de esta manera la destruye.
La ausencia de amor por los demás se asienta en el pecho
del que comete en sí mismo semejante calamidad asesina.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Soneto VIII: la armonía musical

Ahora, en este octavo soneto, la aproximación al tema de la familia llega de la mano de la música. Compara, por una parte, la ejecución de un conjunto musical con un solo, para establecer la relación entre la familia y el "single"; y por otro lado, la conjunción de las distintas cuerdas de un instrumento de cara a interpretar una melodía, equiparando la vida del solitario frente al hombre que tiene descendencia.

Poco se sabe de la identidad del "bello efebo" al que dirige todos estos apasionados poemas, pero mi amiga María me ha preguntado por la cuestión, y prometo que en futuras entregas de sonetos intentaré plasmar las hipótesis que los estudiosos barajan, incluyendo algún comentario a la críptica dedicatoria de la primera edición impresa de la colección completa.


                                        Soneto VIII
Si eres música al oído, ¿por qué te entristece escuchar música?
Lo dulce no lucha con lo dulce, la alegría se deleita en la alegría.
¿Por qué amas aquello que recibiste con disgusto, 
o al contrario, por qué recibes con placer tu desdicha?
Si la verdadera concordia de los sonidos afinados,
unidos en maridaje, ofenden a tu oído,
ellos dulcemente te critican, a ti que ocultas,
al ejecutar un solo,  las distintas partes que deberías interpretar.
Fíjate, como una cuerda, dulce compañera de otra,
reverbera con ella, de forma ordenada;
asemejando al hombre y al hijo y a la madre feliz,
quienes, al unísono, cantan una nota placentera:
cuyos cantares áfonos, que siendo muchos parecen uno,
te cantan esto: “en soledad no serás nada”.

martes, 14 de diciembre de 2010

Soneto VII: la puesta de sol

Después de comparar la existencia humana con las estaciones del año, ahora le toca al bueno de Will compararla con el día: la mañana es la juventud y la tarde la madurez, con la puesta del sol simbolizando la muerte. Sigue insistiendo en el tema de que el bello joven tenga descendencia que haga eternas sus virtudes, más allá del ocaso.

                     Soneto VII

¡Mira! En oriente cuando la graciosa luz
eleva su ardiente cabeza, todo aquel que contempla
rinde homenaje a su inédita imagen,
sirviendo con la mirada a su sagrada majestad;
y habiendo escalado la empinada colina celeste,
aparentando fortaleza juvenil en su madurez,
aún las miradas mortales adoran su belleza,
concentradas en su áureo peregrinaje:
pero cuando estando en el cénit con cansado carruaje,
como en edad de flaqueza, se aleja del día,
los ojos, antaño serviles, son ahora transformados
por su fase declinante, y miran hacia otro lado.
Así que tú, adentrándote en tu mediodía,
morirás sin contemplación, si no tienes un hijo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Soneto VI: cómo vencer a la muerte

Sigue en el sexto soneto Shakespeare empeñado en que su joven amante (o cuando menos enamorado) tenga descendencia para preservar su belleza frente al barrido de la guadaña. Vuelve además sobre el tema del Soneto V acerca de las estaciones del año y las fases de la vida ("winter´s ragged hand"), asociando el invierno al fin de nuestros días.

                                                   Soneto VI
Por tanto no permitas que la mano harapienta del invierno desfigure
el verano que hay en ti, antes de que se evapore:
conviértete en dulce recipiente; atesórate en algún lugar
con el tesoro de la belleza, antes de que éste se inmole.
Ese destino no es usura prohibida,
que alegra a aquellos que pagan el deseado préstamo;
es algo para que tú críes otro tú,
o diez veces mejor, que salgan diez de uno:
diez veces tú sería mejor que uno solo,
si diez como tú diez veces te recrean.
Entonces, ¿qué haría la muerte si partieses,
habiendo quedado vivo en la posteridad?
No seas inflexible, porque eres demasiado hermoso
para sucumbir a la muerte y hacer de los gusanos tus herederos.  

jueves, 9 de diciembre de 2010

Soneto V: el paso de las estaciones

Un recurso bastante común: comparar las distintas fases de la vida con las estaciones del año. El joven pasará de la primavera al verano, de ahí a la madurez, para después llegar al invierno, la senectud. Este soneto es pareja del siguiente que también equipara la vida humana con el curso del año. Las flores mueren en invierno, como la belleza del joven, pero las nuevas flores son portadoras de la belleza de sus antecesoras, como un retoño del joven sería el encargado de que su hermosura sobreviva.


                                    Soneto V
Aquellas horas, que con gentil trabajo enmarcaron
tu adorable mirada albergue de todo ojo,
se convertirán en tiranas para la misma,
y para aquel injusto que excede en belleza:
porque el tiempo que nunca descansa conduce al verano
hacia el aciago invierno, y allí le confunde;
la savia es cercada por la escarcha, y las robustas hojas eliminadas, 
la belleza enterrada en la nieve, y hay desolación en todas partes:
entonces, no quedará ningún resto del verano,
líquido prisionero entre paredes de cristal,
y el rastro de la belleza con la belleza habrá desaparecido,
no quedará ella, ni el recuerdo de lo que fue:
pero las flores resultantes, aunque enfrentan el invierno,
estando protegidas se exhiben; su esencia sigue dulcemente viva.

martes, 7 de diciembre de 2010

Soneto IV: el legado de la Naturaleza

En este caso, Shakespeare tacha de egoísta al joven por no compartir el legado que le ha otorgado la naturaleza, su belleza, y llevársela a la tumba, si muere sin descendencia. Es resaltable aquí por primera vez en la serie de sonetos el uso de terminología legal, muy abundante tanto en su obra poética como en la dramática. La alusión en el último verso al "albacea" (executor) de su belleza, es decir su hijo, que la heredará y hará uso del legado físico, nos recuerda que William Shakespeare además de escritor era empresario y hombre de negocios, y que estaba muy familiarizado con el lenguaje del derecho.


                                   Soneto IV
Generoso encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo el legado de tu belleza?
La naturaleza no da nada en herencia, sino que presta;
y, sinceramente, presta a aquellos que son magnánimos.
Entonces, egoísta hermoso, ¿por qué desperdicias
la generosa abundancia que has recibido para repartir?
Usurero improductivo, ¿por qué manejas
tamañas sumas, y a pesar de ello no vives?
Porque, al relacionarte únicamente contigo mismo,
tú mismo engañas a tu dulce ser.
Entonces, cuando la naturaleza te llame para partir,
¿qué balance positivo podrás dejar?
Tu belleza sin utilizar deberá ser enterrada contigo,
mientras que, cuando es utilizada, sobrevive a través del albacea.      

lunes, 6 de diciembre de 2010

Soneto III: Mírate al espejo

Al joven se le acusa de egoísta si renuncia a procrear. Supone una vuelta más sobre el mismo tema: que sus virtudes y su encanto físico no se pierdan al morir. Al igual que él ha recibido la belleza de su madre, ahora se ve obligado a transmitirla a su descendiente.

 

Soneto III


Mírate al espejo, y descubre el rostro que contemplas,
ahora es el momento en que esa cara tiene que formar otra;
si ahora no renuevas su fresca condición,
engañas al mundo, condenas a alguna madre.
Porque ¿dónde está aquella tan hermosa, cuyo vientre yermo
desdeñe ser fecundado por tu labrar?
¿O quién es aquel tan indulgente, que se convierta en tumba
de su narcisismo, para frenar la posteridad?
Tú eres espejo de tu madre, y ella a través de ti
recupera el delicioso abril de su juventud:
de esta forma a través de las ventanas de tu edad podrás ver,
a pesar de las arrugas, éste tu tiempo dorado.
Pero si eliges vivir para no ser recordado,
muere soltero, y tu imagen muere contigo.      

viernes, 3 de diciembre de 2010

Soneto II: el tiempo asedia la belleza

Sigue abundando este segundo soneto en la necesidad de que el joven tenga descendencia, esta vez proyectándole al futuro (“dentro de cuarenta inviernos”) cuando su belleza se haya marchitado. La solución que ofrece el poeta para preservar la belleza de su joven amante es que éste tenga un hijo que sea depositario de la misma, para que de esta forma no se extinga.

Resulta curioso como asocia estéticamente Shakespeare el paso del tiempo con una campaña bélica, pintando el paso de los años sobre el físico del joven como el asedio a una ciudad (“sitio a tu frente”, “trincheras en el campo de tu belleza”).

                                  Soneto II

Cuando cuarenta inviernos hayan puesto sitio a tu frente,
y cerrado profundas trincheras en el campo de tu belleza,
la orgullosa vestimenta de tu juventud, tan atractiva ahora,
se habrá convertido en un andrajo, de poco valor residual:
entonces cuando te pregunten dónde reside toda tu belleza,
dónde el tesoro de los días vigorosos,
decir, en el interior de tus ojos profundamente hundidos,
será una pena insaciable, y las alabanzas habrán sido malgastadas.
¡Cuánta mayor alabanza merecería el uso de tu belleza,
si pudieses responder, -“Este hermoso vástago mío
contará por mí, y excusará mi envejecimiento,”-
reafirmando con su belleza por sucesión la tuya!
Ésta habría sido renovada, cuando hayas envejecido,
y templará tu sangre, cuando la sientas fría.