Siguen las dudas de poemas anteriores sobre la fidelidad del joven. En este caso, Shakespeare se pregunta cómo alguien puede ser otro del que representa ser, y traicionarle, como piensa que hace su amante. Le sigue alabando y ensalzando como siempre, pero la puntilla retórica se la clava bien.
Soneto XCIII
Así viviré, suponiendo que eres fiel,
como un marido engañado; para que el rostro del amor
todavía me parezca amor, aunque haya sido alterado;
tus miradas conmigo, tu corazón en otro lugar:
porque tus ojos no pueden albergar el odio,
y en consecuencia en eso no puedo percibir tu cambio.
En las miradas de muchos, la historia de la falsedad de corazón
está escrita en los estados de ánimo, las muecas y los ceños extraños.
Pero el Cielo, cuando te creó, decretó
que el dulce amor siempre morase en tu semblante;
cuales sean tus pensamientos y las maquinaciones de tu corazón
tus miradas no proceden de allí y sólo transmiten dulzura.
¡Tu belleza crece como la manzana de Eva
si tu dulce virtud no se corresponde con la apariencia!
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