lunes, 9 de mayo de 2011

Soneto LXXXVII: eres demasiado precioso para ser mío

Tras la serie de sonetos sobre el poeta rival que corteja al joven, Shakespeare parece retirarse de la contienda y, humillándose, reconoce no ser digno de su amante. Resulta muy curiosa la terminología mercantil y legal que utiliza (derechos, avales, franquicias...) lo que puede implicar que el poema tiene una doble lectura y que realmente es una crítica a una persona fría y calculadora que lo único que teme es que su posición social se vea dañada.

                    Soneto LXXXVII
¡Adiós! Eres demasiado precioso para ser mío,
y probablemente sabes la estimación que despiertas:
los privilegios derivados de tu valía te liberan de mí;
todos mis derechos sobre ti han expirado.
Porque ¿cómo tenerte si no es por tu aval?
¿y cuáles son mis méritos para recibir esas riquezas?
No existe justificación para que yo reciba dicho regalo,
y por ello mi franquicia vuelve al franquiciador.
Tú mismo ofreciste tu propia valía entonces sin saber,
o a lo mejor me juzgaste mal al dármela;
así que tu gran dádiva, que partió de un engaño,
vuelve de nuevo a su hogar, al entregarse con mejor juicio.
Pero te he tenido, como en un sueño adulador,
que me convierte en rey al dormir, y que desaparece al despertar.


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