jueves, 7 de abril de 2011

Soneto LXXII: no podrás demostrar que haya nada valioso en mí

Otro soneto en el que el poeta manda su autoestima a recoger cebollinos. Peor áun que el anterior en el sentido de que se humilla todavía más pensando que él es algo sin valor que no merece ser recordado por la posteridad. Yo apuesto a que esto es un ejercicio de estilo; no me creo que el Shakespeare triunfante y glorioso de esa época del cambio de siglo -empresario, escritor, actor-, se tuviese en tan poco frente a un estúpido joven noble ocioso, cuyo nombre ni ha llegado hasta nuestra época. La caída de la cabeza de Carlos I  en 1649 y el varapalo de la Revolución no les vino mal a esa panda de haraganes engreídos para establecer una toma de tierra. A pesar de que luego vino la restauración de los Estuardo al trono de Inglaterra.Parásitos.

                  Soneto LXXII
Oh, a menos que el mundo te ordenase recitar
los méritos que habitaban en mí y que tú amabas,
tras mi muerte – querido amor, olvídame,
porque no podrás demostrar que haya nada valioso en mí.
A no ser que inventes alguna mentira piadosa
para hacer más por mí que mis propios méritos
y colgar más alabanzas sobre mi yo extinto
que las que esté dispuesta a contar la verdad mezquina:
oh, para que tu sincero amante no sea mal recordado
y por amor te veas obligado a mentir hablando bien de mí,
que mi nombre sea enterrado junto con mi cuerpo
y que no sobreviva para avergonzarnos ni a mí ni a ti,
porque yo me avergüenzo de mis creaciones
y tú también deberías hacerlo de amar aquello sin valor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario