viernes, 25 de marzo de 2011

Soneto LXV: cómo la belleza podría alegar ante fuerza semejante

Cerramos el ciclo iniciado hace dos sonetos sobre la destrucción de la belleza por el paso del tiempo. Parece que la preocupación del poeta ha ido en crescendo porque cada poema es más trágico y desolador que el anterior. Ni la piedra, ni el metal, ni la tierra o el océano pueden aspirar a la inmortalidad. ¿Cómo puede entonces la dulce belleza del joven pretender sobrevivir? Solamente queda una esperanza, la pluma del poeta relatando sus virtudes, haciéndolas trascender el paso de los siglos; sin embargo, y a diferencia de sonetos anteriores como el 18, en éste no se muestra tan seguro de su capacidad para garantizarle la imortalidad a su amado.

                           Soneto LXV
Dado que ni el metal, ni la piedra, ni la tierra, ni el océano ilimitado,
pueden superar en poder a la triste mortalidad,
¿cómo podría la belleza alegar ante furia semejante
si su acción no es más vigorosa que la de una flor?
Oh, ¿cómo podrá el aliento de miel del verano oponerse
al ruinoso asedio del ariete de los días,
si las rocas impregnables no son tan firmes,
ni las puertas de acero tan sólidas que puedan resistir al Tiempo?
¡Oh temible razonamiento! ¿Dónde, por ventura,
se esconderá la mejor joya del Tiempo de la rapiña del Tiempo?
¿O qué vigorosa mano puede retener su rápido pie?
¿O quién puede prohibir su despilfarro de belleza?
Oh, nadie, a no ser que este milagro tenga tal poder
que en tinta negra mi amor continúe resplandeciendo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada