domingo, 13 de marzo de 2011

Soneto LVIII: la prisión a la que me somete tu ausencia

Esta pieza sigue la tendencia de la anterior. El poeta aparentemente se humilla ante el amado y le jura vasallaje aunque le ignore y traicione. Reconoce el derecho del joven a buscar placer en otros brazos a pesar de que para Shakespeare sólo la idea de ello suponga un infierno. Otra lectura del soneto podría concluir que realmente lo que hace es reprocharle con ironía su comportamiento.

                         Soneto LVIII
¡Aquel dios, el que me convirtió en tu esclavo, me prohibió
que pensase en controlar tus momentos de placer
o solicitarte justificación de sus horas,
al ser tu vasallo y estar obligado a asistir tus deseos!
Oh, déjame sufrir, estando a tus órdenes,
la prisión a la que me somete tu ausencia,
y mi paciencia, domada para sufrir, aguantará toda carencia,
sin verter sobre ti acusaciones de injurias.
Ve a donde gustes, tu potestad es tan poderosa
que puedes gozar privilegiadamente de tu tiempo
para hacer tu deseo; sólo a ti te pertenece
la capacidad para perdonarte por el crimen cometido.
Yo debo esperar, aunque esperar sea un infierno,
y no reprochar tu placer, sea malvado o bueno.


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