lunes, 7 de febrero de 2011

Soneto XXXVIII: conviértete en la décima musa

El poeta en esta ocasión, y a pesar de que en circunstancias anteriores ha presumido de su habilidad para la lírica, confiesa su técnica pobre e insuficiente para escribir sobre el joven. Se humilla de nuevo, como en sonetos anteriores, y manifiesta que su pluma es insuficiente para dibujar las virtudes de su amado.

Parece ser que era una técnica literaria muy en boga en la época, tanto en la tradición del soneto petrarquista como en el isabelino, la de concebir al ser amado como un espíritu puro y casto de cuyo amor y atención no es merecedor el poeta, que se arrodilla a sus pies, metafóricamente hablando. Hay autores que defienden que Shakespeare lo que hacía era parodiar este género, quién sabe.


                      Soneto XXXVIII
¿Cómo puede mi musa necesitar inspiración,
mientras respiras tú, el que vierte en mi verso
sus propios dulces motivos, demasiado sublimes
para ser reproducidos por las publicaciones vulgares?
Oh, acepta mi agradecimiento, si algo escrito por mí,
digno de ser leído, puede merecer tu lectura;
Porque, ¿quién es tan limitado que no pueda escribir sobre ti,
cuando eres tú mismo el que ilumina la creatividad?
Conviértete en la décima musa, diez veces más valiosa
que esas viejas nueve a las que invocan los poetas;
y a aquel que te invoque, permítele que dé a luz
versos eternos, que sobrevivan largo tiempo.
Si mi débil musa complace a este tiempo quisquilloso,
sea mío el dolor, pero tuya será la alabanza.


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