jueves, 30 de diciembre de 2010

Soneto XVII: los versos mienten

Cerramos el año con el último soneto sobre la necesidad de procreación. El poeta le dice al joven que si no tiene hijos que den fe de su belleza, nadie en el futuro creerá las descripciones que de la misma hacen los sonetos, pues lo considerarán una exageración del autor.

Feliz año nuevo a los cuatro o cinco que leeis este blog. :-)

                                    Soneto XVII

¿Quién creerá mis versos en tiempos venideros,
aun si plasmasen tus más altas cualidades?
Aunque, el Cielo lo sabe, no son más que una tumba
que oculta tu vida, y no muestra ni la mitad de tus partes.
Si pudiese describir la belleza de tus ojos,
y en frescos versos enumerar todas tus gracias,
en épocas futuras dirían, “Este poeta miente;
pinceladas tan divinas jamás dibujaron rostros terrenales”.
Así mis papeles, amarillentos por su edad,
serán objeto de burla, como los viejos charlatanes,
y tu fiel reconocimiento tachado de locura de poeta,
y el verso exagerado de un cántico arcaico:
pero si viviese algún retoño tuyo entonces,
vivirías dos veces, en él y en mis rimas. 

 

martes, 28 de diciembre de 2010

Soneto XVI: el verso no es suficiente

Unido temáticamente al inmediatamente anterior, este soneto ahora pone en duda que los versos del poeta , por  insuficientemente descriptivos, puedan inmortalizar la belleza del joven ("Which this, Time's pencil, or my pupil pen,/Neither in inward worth nor outward fair,/Can make you live your self in eyes of men"), algo que daba por supuesto en el soneto XV. En cualquier caso,los expertos están de acuerdo en que son unos versos muy confusos, difíciles de interpretar. Por supuesto, Shakespeare vuelve una vez más a insistir en el tema de la descendencia, la única forma de que la belleza del joven sobreviva al paso del tiempo.
                              
                                    
                                      Soneto XVI
¿Pero por qué de forma más poderosa
no combates a este sangriento tirano, el Tiempo,
y te fortificas en tu decadencia
con medios más eficaces que mi rima estéril?
Ahora te eriges sobre horas felices,
y múltiples jardines de doncellas, aún sin sembrar,
con virtuoso deseo albergarían tus flores de la vida,
como las más fieles imágenes de ti:
así las líneas de la vida esa vida repararían,
mientras que los versos, por lápiz del Tiempo o de aprendiz,
ni en la virtud interior, ni en la belleza exterior,
pueden recrearte a los ojos de los hombres.
El entregarte en matrimonio te perpetuará,
y vivirás, dibujado por tu dulce habilidad.




lunes, 27 de diciembre de 2010

Soneto XV: inmortal a través del verso

En este soneto Shakespeare introduce por primera vez un tema que será recurrente en el ciclo: a través de los versos del poeta el joven será inmortal a pesar del pasó del tiempo y la decadencia pues siempre vivirá joven retratado en el soneto ("mientras él te vacía de savia yo te injerto de nuevo") Esta afirmación representa un gran ejercicio de vanidad por parte de William Shakespeare dado que supone (y no se equivocó) que sus poemas pasarán a la historia de la literatura, siendo recordados siglo tras siglo. Su actitud nos podría llevar a suponer que toda esta colección de sonetos no es más que un ejercicio de técnica con la pluma sin relación con un amor real (ver la pestaña "Acerca de los sonetos").

Por lo demás, en este caso equipara la vida humana con la vegetal, en cuanto a que ambas sufren el marchitar en la decadencia, e introduce el recurso de la literatura clásica de la personificación del Tiempo.

                                Soneto XV
Cuando considero que todo lo que crece
únicamente mantiene la perfección un breve instante;
que este inmenso escenario tan sólo representa farsas,
sobre las que las estrellas ejercen su secreta influencia;
cuando veo que los hombres se reproducen como las plantas,
e incluso son animados y castigados por el mismo cielo,
con savia joven se jactan, para luego marchitarse en un punto,
y enterrar en el olvido su momento de esplendor;
entonces el concebir esta efímera estancia en el mundo
te enriquece en tu juventud ante mis ojos,
mientras el Tiempo manirroto discute con la Decadencia,
para transformar tus días de juventud en tiznada noche;
y, todos luchamos contra con el Tiempo, por amor a ti,
y mientras él te vacía de savia, yo te injerto de nuevo.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Soneto XIV: ojos como estrellas fijas

Llevamos ya catorce sonetos hablando de este noble joven y va siendo hora de preguntarse quién pudo ser esta persona por la que bebía los vientos el amigo Will. Atendiendo a la opinión de Peter Ackroyd (Shakespeare. The Biography), un candidato pudo ser el Earl of Southampton (un earl es un título nobiliario sin equivalente en España). Parece ser que este mancebo se negó a casarse con Lady Elizabeth de Vere lo que justificaría el empeño de Shakespeare por convencerle de que lo hiciera. Sin embargo, todo este sainete ocurrió en 1591, una fecha demasiado temprana, dado que los sonetos los comenzó a escribir en 1595.

Otro posible candidato podría ser William Herbert, el futuro Earl of Pembroke, que en 1595, cuando contaba con la edad de quince años renunció a tomar en matrimonio a la hija de Sir George Carey. Otra prueba que avala esta hipótesis, aparte de la concordancia cronológica con la redacción de los sonetos, es que el padre de William Herbert era el patrón o mecenas de la compañía a la que pertenecía William Shakespeare en esa época, y podía haber instado al dramaturgo a que ejerciese "persuasión poética".

El soneto XIV introduce el tema de la videncia: Shakespeare puede predecir el futuro del joven, no a través de la astrología convencional, sino leyéndolo en sus ojos que son como "estrellas fijas" (antiguamente se designaba como estrella fija a todo cuerpo celeste que no mostraba un movimiento aparente, como el que realizan el sol, la luna y los planetas).


                              Soneto XIV


No extraigo mi juicio de las estrellas,
y sin embargo, considero que tengo videncia,
pero no para predecir la buena o mala suerte,
las plagas, hambrunas o  bondad de las estaciones;
tampoco puedo predecir la fortuna para cada minuto,
señalando a cada cual su trueno, lluvia y viento;
o decirle a los príncipes cómo irá su gobierno,
mediante predicciones halladas en el cielo:
sin embargo de tus ojos deduzco mis conocimientos,
y, como estrellas fijas, de ellos obtengo dicho arte,
y así la verdad y la belleza crecerán juntas,
si te decides finalmente a procrear;
en caso contrario puedo pronosticarte esto,
tu fin es la muerte y destrucción de la verdad y la belleza.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Soneto XIII: querido amor...

Si en el Soneto X ya había una declaración velada de amor al hermoso joven,;en éste se hace evidente y abierta ( "dear, my love"). ¿Era Shakespeare bisexual (porque también seguía yendo a Stratford una vez al año a tener relaciones con su mujer, Anne - y cada vez que iba la dejaba preñada), o es mero ejercicio de estilo y superioridad con la versificación (ver las notas de la pestaña "Acerca de los sonetos")? Interesante dilema.

                  Soneto XIII
¡Oh, si fueras siempre así! Pero, amor,
no te perteneces, en tanto que tu ser vive aquí:
deberías prepararte para el próximo fin,
y entregar tu dulce semblante a otro:
de forma que la belleza que se te ha arrendado
nunca expire; entonces serías
tú de nuevo, después de tu desaparición,
cuando tu dulce descendencia porte tus dulces rasgos.
¿Quién deja tan hermosa casa hundirse,
cuando un matrimonio honorable la sostendría,
frente a las rachas ventosas del día invernal,
y la rabia estéril del eterno frío de la muerte?
Oh, nadie sino los perdidos. Querido amor, sabes,
tuviste un padre: permite a tu hijo decir lo mismo. 

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Soneto XII: el reloj y la guadaña

Este soneto, en su versión original, tiene una cadencia lenta y especial, que parece reproducir el tic-tac del reloj y la llegada de un fin desastroso e inevitable. Los versos finales suponen una rebelión contra la muerte, el fin inexorable, y establecen una posible salida a través de la descendencia.

                                 Soneto XII
Cuando cuento el tiempo que da el reloj,
y veo el gallardo día hundirse en la aciaga noche;
cuando contemplo el violeta pasado glorioso,
y los rizos oscuros platearse de blanco;
cuando los altivos árboles veo  estériles de hojas,
que antaño del calor protegían a los rebaños,
y la verde mies del estío en haces atada,
llevada en un carro con blanca y seca barba;
entonces tu belleza pongo en cuestión,
pues tendrás que irte con los residuos del tiempo,
dado que hasta las cosas dulces y bellas desaparecen,
y mueren al ritmo al que contemplan crecer a otras;
y contra la guadaña del Tiempo no hay defensa posible,
excepto la crianza, que le desafiará, cuando te lleve.

martes, 21 de diciembre de 2010

Soneto XI: el regalo de la Naturaleza

Seguimos con el mismo tema de la necesidad de procreación del joven para que su belleza sobreviva. La naturaleza le ha otorgado un don, un regalo, la belleza física, con la intención de que la reproduzca para que ésta sobreviva.

                                           Soneto XI

Tan rápido como te marchitarás, así de rápido creces
en tu descendencia, aquella de la que te alejas con la edad;
y esa fresca sangre que de joven entregaste,
puedes considerarla tuya cuando abandones la juventud.
Ahí mora la sabiduría, la belleza, y la abundancia;
fuera de ello, la ignorancia, el envejecimiento y el frío declive: 
si todos pensasen así, el tiempo se pararía,
y en una generación se acabaría el mundo.
Dejad que a los que la Naturaleza no ha creado para procrear,
crueles, amorfos y rudos, perezcan estérilmente:
mira, a los que más repartió, os dio aún más;
y su generoso presente debes apreciarlo en su valía.
Te talló como su propio sello, y su intención fue
que imprimieses otros más, no dejar morir la copia.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Soneto X: primera declaración velada de amor

Hasta ahora los sonetos precedentes parecían sanos consejos de una persona madura a un joven en torno al matrimonio y la descendencia. A partir del X, Shakespeare hace manifiesto su amor por el joven ("for love of me") y la postura del narrador queda abiertamente comprometida en los avatares de su joven amigo. No existe una declaración explícita de amor pero se aportan pistas de que existe "algo", un afecto mutuo que puede condicionar al joven a hacer lo que le pide el poeta. Y a partir de aquí el tono de pasión sube...

                                    Soneto X
¡Avergüénzate! Niega que amas a alguien,
tú que te comportas con imprevisión,
reconozcamos, si quieres, que eres amado por muchos,
pero que tú no amas a nadie resulta más que evidente;
porque sufres tal posesión de un odio asesino,
que no dudas en conspirar contra ti,
persiguiendo la ruina de tan hermosa techumbre,
cuando repararla debería ser tu principal deseo.
¡Oh, cambia tu postura, para que yo pueda cambiar de opinión!
¿Debe recibir el odio más bello albergue que el tierno amor?
Se, de acuerdo con tu imagen, elegante y amable,
o hacia ti, por lo menos, muestra generosidad:
haz otro ser de ti, por amor hacia mí,  
de forma que la belleza sobreviva en él o en ti.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Soneto IX: la lágrima de una viuda

En este caso la comparación la realiza Shakespeare con una viuda: si el joven no quiere tener familia por no causar dolor a su viuda, en caso de fallecer, al no dejar descendencia convierte al mundo en su viuda, a la que priva de sí mismo, de su belleza, al no dejar descendencia. Más de lo mismo.


                                       Soneto IX
 ¿Es por miedo a humedecer el ojo de una viuda,
por lo que te consumes en la vida soltera?
¡Ah! Si tu destino es morir sin descendencia,
el mundo te llorará, como una esposa abandonada;
el mundo será tu viuda, y continuará llorando,
porque ninguna forma de ti has dejado atrás,
mientras que toda viuda ordinaria puede conservar,
en los ojos de sus retoños, la imagen de su marido.
Todo lo que un despilfarrador puede gastar en el mundo,
sólo cambia de lugar, porque el mundo sigue disfrutándolo;
pero el derroche de belleza tiene un límite en el mundo,
y, no siendo utilizada, el portador de esta manera la destruye.
La ausencia de amor por los demás se asienta en el pecho
del que comete en sí mismo semejante calamidad asesina.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Soneto VIII: la armonía musical

Ahora, en este octavo soneto, la aproximación al tema de la familia llega de la mano de la música. Compara, por una parte, la ejecución de un conjunto musical con un solo, para establecer la relación entre la familia y el "single"; y por otro lado, la conjunción de las distintas cuerdas de un instrumento de cara a interpretar una melodía, equiparando la vida del solitario frente al hombre que tiene descendencia.

Poco se sabe de la identidad del "bello efebo" al que dirige todos estos apasionados poemas, pero mi amiga María me ha preguntado por la cuestión, y prometo que en futuras entregas de sonetos intentaré plasmar las hipótesis que los estudiosos barajan, incluyendo algún comentario a la críptica dedicatoria de la primera edición impresa de la colección completa.


                                        Soneto VIII
Si eres música al oído, ¿por qué te entristece escuchar música?
Lo dulce no lucha con lo dulce, la alegría se deleita en la alegría.
¿Por qué amas aquello que recibiste con disgusto, 
o al contrario, por qué recibes con placer tu desdicha?
Si la verdadera concordia de los sonidos afinados,
unidos en maridaje, ofenden a tu oído,
ellos dulcemente te critican, a ti que ocultas,
al ejecutar un solo,  las distintas partes que deberías interpretar.
Fíjate, como una cuerda, dulce compañera de otra,
reverbera con ella, de forma ordenada;
asemejando al hombre y al hijo y a la madre feliz,
quienes, al unísono, cantan una nota placentera:
cuyos cantares áfonos, que siendo muchos parecen uno,
te cantan esto: “en soledad no serás nada”.

martes, 14 de diciembre de 2010

Soneto VII: la puesta de sol

Después de comparar la existencia humana con las estaciones del año, ahora le toca al bueno de Will compararla con el día: la mañana es la juventud y la tarde la madurez, con la puesta del sol simbolizando la muerte. Sigue insistiendo en el tema de que el bello joven tenga descendencia que haga eternas sus virtudes, más allá del ocaso.

                     Soneto VII

¡Mira! En oriente cuando la graciosa luz
eleva su ardiente cabeza, todo aquel que contempla
rinde homenaje a su inédita imagen,
sirviendo con la mirada a su sagrada majestad;
y habiendo escalado la empinada colina celeste,
aparentando fortaleza juvenil en su madurez,
aún las miradas mortales adoran su belleza,
concentradas en su áureo peregrinaje:
pero cuando estando en el cénit con cansado carruaje,
como en edad de flaqueza, se aleja del día,
los ojos, antaño serviles, son ahora transformados
por su fase declinante, y miran hacia otro lado.
Así que tú, adentrándote en tu mediodía,
morirás sin contemplación, si no tienes un hijo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Soneto VI: cómo vencer a la muerte

Sigue en el sexto soneto Shakespeare empeñado en que su joven amante (o cuando menos enamorado) tenga descendencia para preservar su belleza frente al barrido de la guadaña. Vuelve además sobre el tema del Soneto V acerca de las estaciones del año y las fases de la vida ("winter´s ragged hand"), asociando el invierno al fin de nuestros días.

                                                   Soneto VI
Por tanto no permitas que la mano harapienta del invierno desfigure
el verano que hay en ti, antes de que se evapore:
conviértete en dulce recipiente; atesórate en algún lugar
con el tesoro de la belleza, antes de que éste se inmole.
Ese destino no es usura prohibida,
que alegra a aquellos que pagan el deseado préstamo;
es algo para que tú críes otro tú,
o diez veces mejor, que salgan diez de uno:
diez veces tú sería mejor que uno solo,
si diez como tú diez veces te recrean.
Entonces, ¿qué haría la muerte si partieses,
habiendo quedado vivo en la posteridad?
No seas inflexible, porque eres demasiado hermoso
para sucumbir a la muerte y hacer de los gusanos tus herederos.  

jueves, 9 de diciembre de 2010

Soneto V: el paso de las estaciones

Un recurso bastante común: comparar las distintas fases de la vida con las estaciones del año. El joven pasará de la primavera al verano, de ahí a la madurez, para después llegar al invierno, la senectud. Este soneto es pareja del siguiente que también equipara la vida humana con el curso del año. Las flores mueren en invierno, como la belleza del joven, pero las nuevas flores son portadoras de la belleza de sus antecesoras, como un retoño del joven sería el encargado de que su hermosura sobreviva.


                                    Soneto V
Aquellas horas, que con gentil trabajo enmarcaron
tu adorable mirada albergue de todo ojo,
se convertirán en tiranas para la misma,
y para aquel injusto que excede en belleza:
porque el tiempo que nunca descansa conduce al verano
hacia el aciago invierno, y allí le confunde;
la savia es cercada por la escarcha, y las robustas hojas eliminadas, 
la belleza enterrada en la nieve, y hay desolación en todas partes:
entonces, no quedará ningún resto del verano,
líquido prisionero entre paredes de cristal,
y el rastro de la belleza con la belleza habrá desaparecido,
no quedará ella, ni el recuerdo de lo que fue:
pero las flores resultantes, aunque enfrentan el invierno,
estando protegidas se exhiben; su esencia sigue dulcemente viva.

martes, 7 de diciembre de 2010

Soneto IV: el legado de la Naturaleza

En este caso, Shakespeare tacha de egoísta al joven por no compartir el legado que le ha otorgado la naturaleza, su belleza, y llevársela a la tumba, si muere sin descendencia. Es resaltable aquí por primera vez en la serie de sonetos el uso de terminología legal, muy abundante tanto en su obra poética como en la dramática. La alusión en el último verso al "albacea" (executor) de su belleza, es decir su hijo, que la heredará y hará uso del legado físico, nos recuerda que William Shakespeare además de escritor era empresario y hombre de negocios, y que estaba muy familiarizado con el lenguaje del derecho.


                                   Soneto IV
Generoso encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo el legado de tu belleza?
La naturaleza no da nada en herencia, sino que presta;
y, sinceramente, presta a aquellos que son magnánimos.
Entonces, egoísta hermoso, ¿por qué desperdicias
la generosa abundancia que has recibido para repartir?
Usurero improductivo, ¿por qué manejas
tamañas sumas, y a pesar de ello no vives?
Porque, al relacionarte únicamente contigo mismo,
tú mismo engañas a tu dulce ser.
Entonces, cuando la naturaleza te llame para partir,
¿qué balance positivo podrás dejar?
Tu belleza sin utilizar deberá ser enterrada contigo,
mientras que, cuando es utilizada, sobrevive a través del albacea.      

lunes, 6 de diciembre de 2010

Soneto III: Mírate al espejo

Al joven se le acusa de egoísta si renuncia a procrear. Supone una vuelta más sobre el mismo tema: que sus virtudes y su encanto físico no se pierdan al morir. Al igual que él ha recibido la belleza de su madre, ahora se ve obligado a transmitirla a su descendiente.

 

Soneto III


Mírate al espejo, y descubre el rostro que contemplas,
ahora es el momento en que esa cara tiene que formar otra;
si ahora no renuevas su fresca condición,
engañas al mundo, condenas a alguna madre.
Porque ¿dónde está aquella tan hermosa, cuyo vientre yermo
desdeñe ser fecundado por tu labrar?
¿O quién es aquel tan indulgente, que se convierta en tumba
de su narcisismo, para frenar la posteridad?
Tú eres espejo de tu madre, y ella a través de ti
recupera el delicioso abril de su juventud:
de esta forma a través de las ventanas de tu edad podrás ver,
a pesar de las arrugas, éste tu tiempo dorado.
Pero si eliges vivir para no ser recordado,
muere soltero, y tu imagen muere contigo.      

viernes, 3 de diciembre de 2010

Soneto II: el tiempo asedia la belleza

Sigue abundando este segundo soneto en la necesidad de que el joven tenga descendencia, esta vez proyectándole al futuro (“dentro de cuarenta inviernos”) cuando su belleza se haya marchitado. La solución que ofrece el poeta para preservar la belleza de su joven amante es que éste tenga un hijo que sea depositario de la misma, para que de esta forma no se extinga.

Resulta curioso como asocia estéticamente Shakespeare el paso del tiempo con una campaña bélica, pintando el paso de los años sobre el físico del joven como el asedio a una ciudad (“sitio a tu frente”, “trincheras en el campo de tu belleza”).

                                  Soneto II

Cuando cuarenta inviernos hayan puesto sitio a tu frente,
y cerrado profundas trincheras en el campo de tu belleza,
la orgullosa vestimenta de tu juventud, tan atractiva ahora,
se habrá convertido en un andrajo, de poco valor residual:
entonces cuando te pregunten dónde reside toda tu belleza,
dónde el tesoro de los días vigorosos,
decir, en el interior de tus ojos profundamente hundidos,
será una pena insaciable, y las alabanzas habrán sido malgastadas.
¡Cuánta mayor alabanza merecería el uso de tu belleza,
si pudieses responder, -“Este hermoso vástago mío
contará por mí, y excusará mi envejecimiento,”-
reafirmando con su belleza por sucesión la tuya!
Ésta habría sido renovada, cuando hayas envejecido,
y templará tu sangre, cuando la sientas fría.