viernes, 3 de diciembre de 2010

Soneto II: el tiempo asedia la belleza

Sigue abundando este segundo soneto en la necesidad de que el joven tenga descendencia, esta vez proyectándole al futuro (“dentro de cuarenta inviernos”) cuando su belleza se haya marchitado. La solución que ofrece el poeta para preservar la belleza de su joven amante es que éste tenga un hijo que sea depositario de la misma, para que de esta forma no se extinga.

Resulta curioso como asocia estéticamente Shakespeare el paso del tiempo con una campaña bélica, pintando el paso de los años sobre el físico del joven como el asedio a una ciudad (“sitio a tu frente”, “trincheras en el campo de tu belleza”).

                                  Soneto II

Cuando cuarenta inviernos hayan puesto sitio a tu frente,
y cerrado profundas trincheras en el campo de tu belleza,
la orgullosa vestimenta de tu juventud, tan atractiva ahora,
se habrá convertido en un andrajo, de poco valor residual:
entonces cuando te pregunten dónde reside toda tu belleza,
dónde el tesoro de los días vigorosos,
decir, en el interior de tus ojos profundamente hundidos,
será una pena insaciable, y las alabanzas habrán sido malgastadas.
¡Cuánta mayor alabanza merecería el uso de tu belleza,
si pudieses responder, -“Este hermoso vástago mío
contará por mí, y excusará mi envejecimiento,”-
reafirmando con su belleza por sucesión la tuya!
Ésta habría sido renovada, cuando hayas envejecido,
y templará tu sangre, cuando la sientas fría.           

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