domingo, 28 de noviembre de 2010

Soneto I: la necesidad de procrear

Inaugura la serie de los sonetos de William Shakespeare el ciclo dedicado a un bello joven, que será el motivo central de los poemas hasta el soneto 126. Esta persona no ha sido plenamente identificada aunque las hipótesis aventuradas por los expertos apuntan hacia algún miembro de la nobleza de la época con el que, a juzgar por los textos, el poeta mantuvo una relación amorosa (ignoramos qué opinaba Anne Hathaway de este asunto). Otra teoría (ver la pestaña "Acerca de los sonetos") defiende que estos poemas no son más que meros ejercicios de técnica literaria y que no deben ser asociados con ningún tipo de pasión real.

En toda esta primera subserie de sonetos Shakespeare insta a su misterioso amado a que encuentre pareja (femenina) para poder tener descendencia; solamente así la belleza y virtudes del joven podrán sobrevivir a la vejez y a la muerte física.


 

Soneto I
De las más bellas criaturas deseamos descender,
para que así la rosa de la belleza nunca muera,
pero como incluso la más madura con el tiempo fallece,
su tierno heredero puede llevar su recuerdo:
pero tú, te contraes en torno a tus propios ojos brillantes,
alimentas tu llama luminosa con  tu propio combustible,
generando hambruna donde reina la abundancia,
siendo tú tu rival, tan cruel a tu dulce ser.
Tú que ahora eres el más fresco ornamento del mundo,
y único heraldo de la exuberante primavera,
en tu propio capullo entierras tu contenido,
y, con  tierna hosquedad, te afanas por no compartir. 
Ten piedad del mundo, o si no mostrarás glotonería,
siendo devorado lo adeudado al mundo, por la tumba y por ti.

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